Hacer de Dios el deleite de nuestro corazón
Salmos 37: 1-6:
Se nos habla
aquí contra el descontento ante la prosperidad y los éxitos de los malignos
(v. 1): «No te impacientes... ni tengas envidia... » Podemos imaginarnos que
David se había predicado a sí mismo esta exhortación. No hay sermón que tenga
tantas posibilidades de llevar fruto como el que nos hemos predicado antes a
nosotros mismos. Cuando miramos en derredor nuestro, vemos el mundo lleno de malignos y obradores de iniquidad que prosperan y tienen éxito en sus
negocios. Esto nos tienta a impacientamos y tener envidia, como si Dios hiciese
la vista gorda al permitir que tales hombres prosperen florecientes. Estamos
tentados a tener envidia de la forma en que se enriquecen, aun cuando lo hagan
por medios ilícitos, y de los placeres de que disfrutan; hasta llegamos a desear
el sacudirnos el freno de la conciencia para disfrutar también nosotros de los
mismos placeres que ellos. Pero si miramos hacia delante con los ojos de la fe,
no hallaremos motivo para envidiar la prosperidad de los malvados, pues su ruina
está ya a las puertas (v. 2). Florecen, sí, pero como la hierba, de la cual
nadie tiene envidia, pues pronto se marchitarán.
Se nos aconseja
luego vivir una vida de confianza en Dios; esto nos preservará de impacientamos
ante la prosperidad de los malignos. Si buscamos el bien de nuestra alma,
hallaremos pocos motivos para envidiar a quienes tanto mal procuran a su alma.
Tenemos tres preciosas promesas:
1. Hemos de poner
en Dios nuestra esperanza en cuanto al camino del deber; así hallaremos en este
mundo consuelos y ventajas que el pecado no puede dar (v. 3). Se nos pide
confiar en Yahweh y hacer el bien. No podemos confiar en Dios si estamos
inclinados a vivir como nos plazca. Se nos promete que tendremos en este mundo
todo lo necesario para subsistir (v. 3b): «Habita tu tierra y pace en la
fidelidad» (lit.; es decir, aliméntate de las promesas fieles de Dios -v. Is.
14:30). Dios no niega el panal que practica la justicia (v. 25; Mt. 6:33). Hay
quienes leen: «Serás alimentado por fe», del mismo modo que leemos: «El justo
por fe vivirá» (Nota del traductor: el vocablo hebreo emunah significa, en
efecto, tanto fe como fidelidad).
2. Hemos de hacer
de Dios el deleite de nuestro corazón, y así tendremos lo que nuestro corazón
desea (v. 4). Se nos mandaba (v. 3) hacer el bien, y a este mandamiento sigue el
de poner nuestra delicia en Yahweh, lo cual es un privilegio tanto como un
deber. Y este delicioso deber lleva anexa una promesa: «Y El te concederá los
deseos (lit.) de tu corazón.» No nos promete satisfacer los apetitos del cuerpo,
sino concedernos los deseos del corazón, todo aquello a lo que aspira lo más
íntimo de nuestro ser. ¿Cuáles son los deseos de una buena persona? Conocer y
amar a Dios, vivir para él, agradarle y agradarse en El.
3. Hemos de hacer
de Dios nuestro guía y someternos en todo a sus direcciones e instrucciones;
entonces, todos nuestros asuntos, aun los que nos parecen más intrincados y
difíciles, tendrán buen resultado (vv. 5, 6). El deber es muy sencillo; y si lo
cumplimos bien, nos facilitará y hará cómoda la existencia misma: «Encomienda a
Yahweh (lit, haz rodar hasta Yahweh) tu camino (esto es, todas tus empresas,
todos tus asuntos)» así hemos de extender
ante Dios nuestros problemas, asuntos y deseos, seguros de que los dejamos en
buenas manos y satisfechos plenamente de lo que resulte, pues todo lo que Dios
hace está bien hecho. Pero hemos de seguir la Providencia sin forzarla, todo lo que le hayas
encomendado, El lo hará prosperar, si no para tu gusto, ciertamente para tu
bien. El hallará medios de sacarte de tus apuros, de desvanecer tus temores y de
cumplir tus deseos. «Exhibirá tu justicia como la luz, y tu derecho como el
mediodía» (v. 6), es decir, hará que se manifieste que eres persona honesta y
que tus asuntos marchen bien.
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